Rodríguez Rodríguez, Agustín


AGUSTÍN RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ

Teniente Vicario General del Arzobispado de Toledo.
Agustín nació el 13 de abril de 1883 en Morgovejo (León), hijo de Raimundo y Melchora. Antes de cumplir los 9 años comenzó los estudios de Latín y Humanidades en la Preceptoría de dicha villa de Morgovejo, que había fundado su tío paterno Anselmo Rodríguez. Después ingresó en el Seminario Conciliar de León en el curso 1895-1896. Los tres cursos siguientes, de Filosofía, los cursa en el Seminario Conciliar de Valderas (León). La fotografía nos muestra a tres alumnos de este seminario: de pie Agustín, junto a un primo suyo llamado Raimundo Rodríguez, que llegó a ser canónigo archivero de la Catedral de León. El tercero es un paisano de ambos, llamado Tomás. Por entonces ejercía de rector de este Seminario su tío Anselmo, quien viendo la buena disposición y las buenísimas calificaciones del joven decidió enviarle al Seminario-Universidad de Toledo. Aquí cursó el primer año de Sagrada Teología en 1899-1900. Nuevamente su comportamiento le valió la beca para estudiar en Roma, después de ser incardinado en la Archidiócesis toledana. En la Universidad Gregoriana de la Ciudad Eterna cursó y aprobó, desde el 21 de octubre de 1900 al 22 de julio de 1906, cuatro cursos de Sagrada Teología, tres de Derecho Canónico y dos de ampliación de Filosofía en la Academia de Santo Tomás de Aquino, habiendo obtenido los grados de Bachiller, Licenciado y Doctor en las tres mencionadas Facultades con las notas de Superavit en el Barchillerato de Teología; Superavit cum laude en el Doctorando de la misma Facultad, y Superavit bene en todos los demás exámenes; siendo la fecha del Doctorado en Filosofía el 21 de diciembre de 1900; del de Teología el 4 de julio de 1904, y de Derecho el 26 de junio de 1906.

Además es en Roma donde inicia y amplía su cultura idiomática: cursó un año de italiano, dos de francés, uno de inglés y uno, respectivamente, de hebreo, griego y siríaco, habiendo obtenido muy buenos resultados. El 19 de julio de 1906, es decir, a los 23 años de edad, cuando don Agustín es ya Doctor en Filosofía, en Teología y en Derecho Canónico, fue ordenado sacerdote en Roma. Vuelve a Toledo, y el 31 de octubre de ese año se le nombra Capellán del Convento de las Madres Jerónimas de Toledo, cuyo cargo desempeñó hasta el 30 de junio de 1907, en cuya fecha pasó como ecónomo de Villacañas (Toledo) y, en esta parroquia permaneció hasta el uno de octubre de 1907. Su breve paso por la vida parroquial le ofrece motivos para mostrar su preparación y su fuerte personalidad. En Villacañas ordenó e impulsó cofradías y asociaciones piadosas de la más diversa índole; se entregó por entero a la visita y socorro de los enfermos y desvalidos, y muy singularmente a la predicación, con éxito y resonancia que cundieron por toda la diócesis.

La revelación del joven párroco de Villacañas fue justamente por eso: por sus sermones magníficos, llenos de doctrina, construidos con esa noble y fuerte elegancia que fue luego perfil específico de la oratoria del Siervo de Dios. Su cultura, su sencillez, su vida santa, su palabra acogedora y maestra, prendieron en Villacañas hondas amistades que no borró jamás el tiempo. Luego, a lo largo de su vida, pronunció muchos sermones notabilísimos, entre los que destacan el solemne triduo pronunciado en el Convento de La Purísima de León, los días 7, 8 y 9 de julio de 1927 con motivo de la beatificación de su fundadora, la Beata Beatriz de Silva. Con igual motivo había predicado en el de las Concepcionistas de Toledo el 5 de mayo de ese mismo año. Predicó también en la Catedral de León el 22 de octubre de 1930, con motivo de la solemnísima coronación de la imagen de Nuestra Señora del Camino que publicó la prensa leonesa. Después de su estancia en Villacañas regresó a Toledo por haber sido nombrado, en el curso 1906-1907, profesor de Arqueología y Geografía Bíblica en la Universidad Pontificia de Toledo.

En los años 1908 a 1910, explicó Historia Eclesiástica, y en 1910 desempeñó también las cátedras de Sagrada Teología y Crítica Bíblica, desde este último curso fue Juez de Grados en la Facultad de Filosofía. En mayo de 1911, previa oposición, fue nombrado canónigo de la S.I.C.P. de Toledo, y un año después canónigo Lectoral, por lo cual desempeñará desde entonces las cátedras de Sagrada Escritura. La densa preparación de don Agustín, sumada a su talento portentoso, dieron frutos magníficos en muchas actividades de su vida. Pero, sin duda alguna, más aún que su palabra hablada - con ser tan maestra y enseñadora -, más que sus sermones de profunda didáctica, lo que más cuadraba con su espíritu, sus gustos y su afán, era el libro, el folleto, el periódico. A su complexión mental, fuerte y ágil, le seducía la investigación, el juicio íntimo, el pensamiento elaborado largamente. Sus producciones, por eso fueron todas selectas y finas. Desde el libro substancial al artículo humorístico y temible, la pluma de nuestro amigo tuvo siempre una metódica personal, un gesto clásico, una pureza de forma y una frondosidad tal de ideas, que desde primera hora señalaron sus condiciones excepcionales de escritor y de periodista.

En el año 1909 publicó en Toledo “La Misa. Estudio Dogmático-Histórico”, que fue alabado en el Commentarium Oficciale de la Santa Sede y recomendado por el propio Cardenal Secretario de Estado. Ya antes de ese libro se había distinguido su pluma de excelente escritor en el Certamen celebrado en Toledo con motivo del cincuentenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción. Obtuvo el premio ofrecido por el Cabildo con la obra “San Ildefonso, su vida, sus obras e influencia en la devoción a María Inmaculada entre los españoles”. Pronunció notabilísimos y muy documentados discursos, publicados la mayoría de ellos. En 1920 publicó la conferencia pronunciada en el Círculo Católico de Toledo el 7 de marzo con el título“La cuestión obrera. Actitud de los católicos frente al problema del trabajo”. También editó “El Hospital de San Juan Bautista”, discurso de ingreso en la Academia; “Santa Teresa de Jesús en Toledo”, que pronunció en la Academia el 18 de marzo de 1923, con motivo del III centenario de la canonización de la Santa de Castilla; “Semblanza del Cardenal Mendoza”, pronunciado en la Academia el 27 de junio de 1928 para celebrar el V Centenario del nacimiento del ilustre Cardenal; “La Iglesia y la Educación física”, con motivo de un curso de dicha enseñanza dedicado al Magisterio toledano; “El matrimonio cristiano”, conferencia para glosar la encíclica “Casti connubii”. Era Director del “Boletín Diocesano” y de la revista mensual “Inmaculada”. Publicó también tres anuarios estadísticos de la diócesis de gran mérito (1929, 1930 y 1933). Tenía en preparación –algunas cosas muy adelantadas, casi ya para darlas a la imprenta – numerosos trabajos. Tenemos noticia de los siguientes: un grueso tomo de “Sagrada Liturgia”, con destino a libro de texto en Seminarios y Colegios; una traducción, con comentario, de los “Santos Evangelios”, faltándole sólo el de San Juan; libros escolares con destino a la enseñanza primaria del Colegio de Doncellas Nobles; una “Biblioteca del Maestro” de 16 volúmenes que don Agustín dirigiría junto al autor de la necrológica que citamos al principio de la presente biografía. Resulta, según cuenta don José Lillo, que el 16 de julio de 1936 participó juntó a don Agustín de una larga entrevista en el Palacio Arzobispal junto a un editor de Madrid para que el uno de octubre de 1936 se publicase el primer volumen. Mención especial necesita su labor periodística.

La agilidad de pensamiento de don Agustín, su cultura, su dominio gramatical, su honda y fina ironía, se manifestaron en el periódico. Era un periodista de dimensiones formidables. Dirigió muchos años el periódico toledano, que el transformó en diario, y que llevó por título”El Castellano”. Sus campañas, sus glosas políticas, sus artículos doctrinales o ligeros, eran siempre comentadísimos. ue nombrado Académico de Número el 15 de noviembre de 1921, con un notable discurso que tituló “El Hospital de San Juan Bautista, extramuros de Toledo” documentadísimo trabajo de investigación y de Historia. No podemos olvidar en este relato que en sus investigaciones en dicho Hospital don Agustín descubrió una pequeña escultura del “Resucitado” hecha por el Greco. El Greco como escultor fue un tema que el Siervo de Dios estudió larga y concienzudamente. A él se deben otras iniciativas y colaboraciones artísticas, como la remodelación del Salón de Concilios y el proyecto del popular Monumento al Sagrado Corazón en los jardines de la Vega. Muchos y diversos cargos desempeñó don Agustín a lo largo de todo su ministerio: fue Secretario particular del Cardenal Aguirre (1909-1913), quien le propuso para que se le nombrara Obispo auxiliar, entonces sólo contaba con 26 años. Después fue propuesto para las sede de Jaca y Palencia, pero se sabe que él no aceptó. Tiene que constar que la sencillez, la modestia, la fina, severa y elegante humildad le acompañó siempre en su modo de proceder. Dedicó toda su vida al trabajo del modo más anónimo posible. Al lado de los Cardenal Segura y Gomá trabajó intensísimamente. Desde 1928 fue Provisor de la Diócesis y Juez Metropolitano. En una larga temporada dirigió la Empresa Editorial “Voluntad” de Madrid; inició y animó la “Editorial Católica” de Toledo.

Y, hasta su asesinato, fue Administrador General del Hospital de San Juan Bautista, conocido como el Hospital de Afuera, de Toledo. Fue nombrado Director del Colegio de Doncellas Nobles. Toda su gustosa y profunda inclinación didáctica don Agustín la vertió en este Colegio. Lo mejor de su espíritu, de su sabiduría y su talento, lo puso allí. No sólo se entregó a la dirección moral de las jóvenes, sino que abordó, con toda hondura, la reforma pedagógica de los estudios de aquel internado, siempre con ánimo de buscar para las colegialas una preparación seria, moderna y útil. Hizo “programas escolares” para cada una de las enseñanzas. En los últimos meses preparaba la reforma del Reglamento del Colegio, buscando que fueran muchas más las jóvenes que disfrutasen de los beneficios de aquella rica y notable Institución. Como cosa inmediata, pensaba organizar, dentro del Colegio, la fabricación de cerámica artística, como enseñanza útil y bella para las colegialas. El alzamiento militar del 18 de julio de 1936 sorprende en Tarazona al cardenal primado Isidro Gomá y Tomás, adonde había acudido para la consagración episcopal de Gregorio Modrego y Casaus, que iba a ser su obispo auxiliar. Don Agustín Rodríguez ejercía como Teniente Vicario General, desde el pontificado del Cardenal Segura, por ello, en la tarde del 22 de julio, cuando le ofrecen entrar en el Alcázar, donde hubiera salvado su vida, por un sublime sentido de la responsabilidad declina tal oferta. De poco le sirvió, pues a las pocas horas lo detienen y encarcelan. Junto a él, otros nueve sacerdotes (entre ellos el Beato José Polo Benito), fueron encarcelados paulatinamente en la Cárcel Provincial. Los Hermanos Maristas llevaban encerrados desde el día 20. Entre todos los presos, durante los días del mes de agosto, reina un auténtico espíritu de caridad: se organizan distribuyéndose el trabajo, se consuelan mutuamente en aquellas penalidades y se juntan para actos frecuentes de piedad, como el rezo del rosario recitado en común… Como auténticas reliquias los familiares de don Agustín han conservado una serie de billetitos con breves misivas que dirige a su hermana Bárbara. En todas ellas insiste en dos cosas: que está bien y que no necesita nada, que no le lleve nada de comida… pues no se la entregan. “Cuándo vengáis por la ropa, traedme un lapicero y cuartillas…” “Sigo bien y pensando siempre en vosotros” (fechada el 17 de agosto de 1936). En varias solo pone “Estoy bien”.

Tal vez en la última escribe “Mi querida hermana: Hace ya un mes… Sigo sin novedad… No necesito nada: me basta que vosotros tengáis lo necesario”. El magnífico periodista Luis Moreno Nieto relata así el martirio de Don Agustín que se vio involucrado en uno de los episodios más luctuosos de los vividos entre las 72 tristes jornadas del dominio marxista en Toledo. “Repasemos los hechos: el día 22 de agosto apareció en el cielo de Toledo un trimotor rojo de bombardeo, escoltado por un caza. El aparato arrojó sobre el Alcázar bombas y bidones de gasolina con dispositivo especial para provocar incendios. Doce de los artefactos cayeron dentro del edificio, pero otros muchos, debido a la impericia de los aviadores y a un miedo frente a un enemigo débilmente armado y sin defensa antiaérea, cayeron sobre los parapetos marxistas que rodeaban la fortaleza, destrozando a varios milicianos. Este suceso produjo cierta efervescencia entre los milicianos, pero nada hubiese ocurrido si los jefes no hubieran tomado el hecho como motivo para perpetrar unos asesinatos en los que ya venía meditando. La horrorosa matanza, a la que la impericia de un aviador sirvió como pretexto, había de realizarse de todos modos. Ambos sucesos fueron enlazados casuísticamente para privar el crimen de la crudeza de lo premeditado, y en la añagaza cayeron muchos de los que han comentado luego este suceso. La elección de víctimas no fue debida al azar. Los encargados de consumar el hecho sabían perfectamente lo que tenían que realizar y no hubo titubeos ni improvisación. El mismo engaño con que los presos fueron sacados de la cárcel es una prueba de la alevosía del crimen. Al atardecer de aquel día, octava de la Santísima Virgen del Sagrario, el patio de la prisión era un hervidero. Los presos fueron sacados de sus celdas y amarrados de dos en dos formando cuerda. Cuando anocheció 80 personas, en dos grupos fuertemente escoltados por milicianos, franqueaban las puertas de la cárcel. El asesinato fue perpetrado con nocturnidad y traición. A los presos se les había dicho que marchaban al penal de Ocaña, e iban a pie hacia las afueras de la población. A cierta distancia les seguía un camión que portaba ametralladoras. 22 al 23 de agosto, la noche era muy negra. Solo el rápido brillar de los relámpagos y la movediza luz de los faros del coche alumbraba la caravana.

Previamente se había mandado apagar el alumbramiento de la Puerta del Cambrón de Toledo y sus alrededores. Los milicianos iban provistos de linternas, y al pasar por la histórica puerta, los que iban en vanguardia dieron gritos para ahuyentar a los vecinos de la barriada. El crimen no quería testigos. Habían salido ya fuera del recinto amurallado. Un grupo, por la izquierda, fue conducido hacia la explanada posterior del Matadero, ya cercana al puente de San Martín, y el otro grupo, por la derecha, marcha hacia la fuente de Salobre. El primer sacrificio se hizo –según parece- en la explanada de carretas del Matadero. Al ser desviados los presos de la carretera para ser apoyados en el muro del Matadero municipal, se dieron cuenta de que iban a morir. Los reflectores del camión, cruzado en la carretera, alumbraban la escena. La ametralladora enfilaba a los presos e inmediatamente comenzó a funcionar. Al mismo tiempo los milicianos disparaban sus fusiles. Unos sobre otros caen amontonados. Los agonizantes fueron rematados después a tiros de pistola. Poco después se repetía en la fuente del Salobre el mismo lúgubre espectáculo. Los presos fueron apartados de la carretera, junto al pilar del abrevadero. Los vecinos de la barriada oyeron un fuerte rumor, como de sorpresa y de protesta, que fue rápidamente acallado por los disparos de la ametralladora y el más lento de la fusilería. Allí quedaban tendidos sacerdotes, militares, industriales… Allí quedó tendido el cuerpo del Siervo de Dios Agustín Rodríguez junto a los otros sacerdotes y religiosos… A la mañana siguiente, los cadáveres habían desaparecido. En el suelo había charcos de sangre y esparcidos junto a ellos, pañuelos de bolsillo, cajetillas de tabaco, cartas familiares. Los cadáveres fueron trasladados en camiones al depósito de Nuestra Señora del Sagrario. Una persona a quien la incertidumbre de un hermano muerto le llevó hasta allí, pudo contemplar el horrible cuadro del depósito rebosante de carne muerta. Eran los despojos de la jornada más trágica y dura del dominio rojo en Toledo”.